Con la casa a cuestas
La inserción de la mujer en el mundo laboral hace mella en las trabajadoras, que cada vez se sienten más agobiadas por el doble esfuerzo de trabajo. Por supuesto me refiero al doméstico por un lado, y al que entendemos como “trabajo” por el otro. Concepto o más bien consideración social, que trasluce en su propia designación, la discriminación o menospreciación hacía el ámbito doméstico.
Aunque los hombres “colaboren” (como escucho muy a menudo) en las tareas del hogar, siguen persistiendo diferencias. Porque aunque exista un incremento en términos materiales, siguen persistiendo diferencias de índole más latente o intangible.
En general, para la mayor parte de las mujeres desligar ambos ámbitos de trabajo es imposible. Así, mientras realizan su jornada laboral fuera de casa, no logran desconectar de sus tareas y cuidados del hogar, es decir, de los niños, la comida, la colada, la plancha, la limpieza, etc… Tantas cosas que tradicionalmente forman parte de una especie de legado genético de nuestro género y que a lo largo de la semana nos agotan, debido a la doble carga que llevamos a cuestas. Esta multitud de obligaciones suponen a lo largo del día a día un desgaste mental y emocional, que al final de la semana son un pesado lastre.
Debido a estas dificultades diarias a las que nos debemos enfrentar desarrollamos una capacidad o supracapacidad, que se adhiere a nuestro comportamiento y a nuestra forma de ser “mujer”. Forma parte de nosotras y tratamos de sobrellevarla con la mejor cara posible (puesto que la situación ha mejorado). Sin embargo, lo ideal, o más bien lo justo sería poder realizar nuestro trabajo con normalidad sin agobios, presiones o dificultades.

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